Hace menos de dos semanas se cumplieron ochenta y cuatro años de la Proclamación de la II República (el 14 de abril) y, en algo más de mes y medio (el 19 de junio), cumplirá un año de reinado Felipe VI de España. Del título de este artículo se concluye nítidamente que la forma política del Estado es un asunto que me importa y que me declaro republicano, es decir, que prefiero que España deje de ser una monarquía y se convierta en una república ¿Por qué?
En primer lugar, quiero aclarar que considero un profundo error confundir forma de Estado con forma de gobierno: un Estado podrá constituirse en monarquía o en república e, independientemente de ello, será gobernado de forma democrática o dictatorial. Es tan absurdo argumentar que una república siempre será una "república bananera" como, por el contrario, aseverar que la monarquía es incompatible con la democracia. Algunas repúblicas son poco o nada presentables y también hay monarquías que gozan de los sistemas democráticos y socioeconómicos más avanzados del mundo. Además, considero de Justicia con mayúsculas reconocer la labor de Juan Carlos I en el restablecimiento de la democracia en España durante la Transición y también su defensa de la misma cuando ésta aún era joven en un momento muy delicado como fue el 23 de febrero de 1981, momento en el que su discurso televisado en defensa de la Constitución fue crucial para abortar el Golpe de Estado que amenazaba el régimen de libertades que el pueblo español se dio a sí mismo en 1978. No me apunto, por tanto, al carro de las teorías conspirativas que han proliferado al respecto.
Aclarados estos extremos, me considero republicano por varias razones. La primera es de carácter ético y resulta obvia: es más ético que cualquier nacional de un Estado pueda acceder a la jefatura del mismo, en lugar de que esta institución esté reservada a una dinastía familiar cuyos miembros acceden por herencia y ostentan el cargo de forma vitalicia. También es cierto que sustitución de la monarquía por la república supondría la desaparición de cualquier distinción o título nobiliario, lo cual me parece sano, toda vez que la nobleza es un símbolo enemigo del principio de igual dignidad entre todos las personas (a veces las desigualdades originadas por la nobleza no sólo son simbólicas sino también patrimoniales). Además de ser moralmente superior en ese sentido, también es un sistema más racional, puesto que este sistema basado en el azar no garantiza que el Jefe del Estado reúna los méritos necesarios para ejercer adecuadamente.
Por otra parte, me enorgullezco de afirmar que no me he convertido en republicano a raíz de los escándalos que la Familia Real ha protagonizado durante los últimos tiempos ("Caso Urdangarín", la más que probable implicación de la Infanta Cristina, el modo de vida frívolo, ostentoso y promiscuo de Juan Carlos...) sino que lo soy desde hace ya bastantes años por los argumentos arriba enunciados: esas son mis convicciones más profundas. No obstante, sí reconozco que comparto la opinión de quienes afirman respecto de la explosión de dichos escándalos que son hechos que si no son inherentes a la institución monárquica, al menos sí es cierto que el carácter hereditario y vitalicio de toda monarquía imposibilita una fiscalización correcta de su labor y la asunción de responsabilidad política; en consecuencia, en una monarquía no existen incentivos o, de existir, son muy débiles, para que el Rey o Reina se conduzca con rectitud y ejemplaridad.
Los defensores y defensoras de la Monarquía se apoyan en los argumentos de que, bajo este sistema, la jefatura del Estado es ostentada por alguien que ha sido educado o educada desde muy joven para representar a dicha institución, que su legitimidad es histórica pues simboliza la unidad y permanencia del Estado y que se trata de una autoridad muy valiosa pues se encuentra al margen de la confrontación política, es un símbolo de consenso que dota de estabilidad a todo el sistema político. Esos argumentos pretendo refutarlos contraponiendo los siguientes: el argumento de la educación no me parece suficientemente consistente pues a día de hoy hay mucha gente con preparación más que suficiente para ejercer la jefatura del Estado (pese a los recortes en el sistema educativo); el de la unidad y permanencia del Estado tampoco, puesto que entiendo que sólo la voluntad de la ciudadanía debe garantizarlas; y, por último, sí aprecio solidez en el último argumento: me parece beneficioso para un país la separación entre la jefatura del Estado y la del Gobierno, de forma que el Gobierno debe actuar siguiendo una línea política ideológica más o menos definida, mientras que el Jefe de Estado debe ser un hombre o mujer "de consenso", que encarne los mejores valores cívicos y posea visión de Estado, es decir, que se preocupe del largo plazo y realmente sea un mediador entre gobierno, oposición y el resto de instituciones; encargado de acercar posturas, relajar la tensión política, impulsar el diálogo y la acción política en situaciones de bloqueo institucional. Por ello, el modelo de república que me gusta sería similar al italiano, en el que el Presidente de la República se elige por consenso parlamentario. Además, la decisión parlamentaria podría ser ratificada por el pueblo mediante referéndum, para dotar al cargo de mayor legitimidad democrática.
A modo de conclusión, quiero decir que, desde mis postulados republicanos, respeto a Felipe VI como Jefe del Estado español mientras España sea una monarquía. Ahora bien, también considero que, más de treinta y seis años después de la entrada en vigor de la Constitución vigente, ha llegado el momento de convocar un referéndum consultivo de acuerdo con el artículo 92 de la Constitución para que el pueblo manifieste si quiere que España continúe siendo una monarquía o se convierta en una república. De pronunciarse la ciudadanía mayoritariamente a favor de la República, los poderes públicos deberán comprometerse a activar el mecanismo de reforma constitucional agravada en el artículo 168 de la Constitución para que en España sea proclamada la III República, en cuyo caso exigiré el mismo respeto para su presidente o presidenta. Además, considero muy saludable que cada veinte años, aproximadamente, se abra un debate político y ciudadano sobre la Constitución del país.
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